jueves, 30 de junio de 2011

Lo que tengo

Son diez dedos asaltando el teclado
y las palmas en el rol del apaluso mudo
y la ropa de ayer en el respaldo de una silla oxidada
y el catálogo minucioso de las cosas que no hubo,
un nombre manuscrito manchado y marcado
y la ventana esperando por cuestión de rutina
y un reloj que se atrasa y se niega a vociferar
más horas perdidas
y un tren detenido en el andén del pasado
y un billete a ninguna parte
y un cuadro atribulado
y el silencio como único arte
y los pasos a tientas andando y andando
y las palabras tapizando las fosas de un ayer
crucuficado en el calendario
y el hoy arrancando una página en blanco
y un armisticio vulgar e innecesario
y el picaporte mordiendo la puerta
y el luto común porque muero a mediodía
y la cara en un frasquito recitando poesía,
el amor desvencijado disgregando la pena
un tulipán, un alfiler, el lugar común,
una arruga más que aflora para golpear
como un martillo.
Lo que tengo es la ausencia más grande que
el alma, que el horizonte, que la esperanza.
Lo que me queda es un catálogo de errores
y en el rostro empotrada la vergüenza
y lugares llenos de ángeles deambulando
y linternas y velas en lugares sombríos
y el olvido rugiendo su aliento osado e impiadoso
y el futuro incierto
y el terror al vacio como punto de partida,
tengo palabras dobladas de estar esperando
y unas manos que te buscan
y mi voz que te nombra.
Y tengo,
escrito esto.

martes, 15 de marzo de 2011

Mis odios

  • Odio el contacto físico con extraños en lugares públicos, en especial en el transporte. No importa el género del invasor. ¡No me toquen!
  • Si voy de visita a una casa en donde hay una repisa con muñequitos desordenados, haré lo imposible para, sigilosamente, acercarme y formar una hilera perfecta. ¡Tomando distancia, señores!
  • Los archivos del ordenador deben tener todos, sin distición de raza ni credo, su respectiva extensión en letras minúsculas. Con los mp3 soy especialmente riguroso: Todos deben, además de tener el nombre del intérprete perfectamente escrito, la fecha del año en que se editó originalmente el disco y el nombre del álbum. Buscar esa fecha me encanta.
  • Después de tomar una ducha, el baño debe quedar en impecables condiciones. Con sus azulejos y cerámicas perfectamente secos y libres de cualquier elemento perturbador como toallas recién usadas, bultos de ropa para lavar o botes de cahmpú chorreados. Ni hablar del espejo, quien debe ser una invitación a usar anteojos negros.
  • Detesto el contaco físico también en el trabajo. Me resultan asquerosamente insoportables aquellos que vienen a preguntarte algo y que, a modo de empatía, te apoyan la mano en el hombro o similar, o te ponen cara de oveja degollada cuando requieren de los conocimientos de uno para salir de una duda.
  • Me muerdo los labios cuando estoy nervioso ¿y qué?
  • Es in-so-por-ta-ble estar conversando con alguien y que ese alguien esté tac-tac-tac-tac-tac, tipeando sms's con el puto teléfono cada dos minutos. Me dan ganas, demasiadas ganas de meterles el maldito teléfono por un sitio concreto y que se les salga por la oreja.
  • Absolutamente deleznable es conversar con alguien que no para de mascar chicle.
  • El dentífrico se utiliza de abajo para arriba, apretar en cualquier lado el envase es signo inequívoco de un desorden psicológico grave.

Quitando estos detalles y cierta tendencia hacia la misantropía, soy , simplemente;
Daniel (que no Dani).

jueves, 2 de diciembre de 2010

Turno de noche

 Cae la noche en la ciudad. Las luces de las farolas empiezan a iluminar la quimera de la noche, la tenebrosa noche que se disfraza entre las luces.
 Un susurro de viento acaricia su rostro, ondea un mechón de su cabello. Cierra los ojos en un parpadeo lento y respira profundamente, le gusta sentir como entra en sus pulmones el helado aire de la noche.
 La espera se hace larga cuando no esperas a nadie, cuando el próximo cliente ya se toma su última cerveza o cuando la cerveza que toma es la última.
 La última.
 La noche es larga cuando ese cliente anónimo que no llega está ya durmiendo en su cama, abrazado a su mujer en el sucio lecho donde se dilucidan sus temores, donde noche a noche se envilecen. Se embrutecen.
 Para un coche. Desde la ventanilla entreabierta alguien solicita una cifra. –Cincuenta. – ¿La chupas a pelo?-Sí. –Sube.
Entra. El calor del coche la hace consciente del frío en sus huesos. Se detienen en el arcén, en la cuneta, en la cuneta de la vida, de la suya. Es su sino.
-¿Me pagas? –Toma. -¿Te la chupo? –Sí, cielo. Venga…. ¡Oh, nena!
 Sabores acres para paladares selectos. Chupa pero no traga. Se atraganta.
Mecánicamente, ritmo y cadencia. Una boca hábil despierta pasiones.
Descarga su hastío, su crema templada en la boca de la chica, ella le mira… su boca goteando…
Un estilete de filo endiablado aparece en su mano, el frío acero se templa al contacto de la sangre caliente y el cuello del hombre… llora, gotea, mana.
 Una mano delicada aligera la cartera del despojo. Abandona el cochw, caliente, al salir, vuelve el frío. Sigue la vida.
Ella seguirá en la calle, cada noche, en su cuerpo, lleva golpes, en su vida, más golpes. Y, de vez en cuando, cada cierto tiempo, se seguirá tomando la licencia de cobrarse su víctima, de administrarse justicia con una pizca de malvada satisfacción. Sin remordimientos.
 Sigue la vida.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Buscando(te)

Y un día más te busqué, a ti, que aún no tienes nombre, ni un color de ojos definidos, ni una edad exacta.

Pero existes.

Y te encontraré.

Inténtalas parar

Hay un último olor.
El olor de la esperanza,
De la oportunidad,
Del cambio,
Del redescubrimiento.
El olor de una noche,
Confundido entre tanta gente,
Entre tanto alcohol.
La llamada.
No solo el cuerpo.
La cabeza, las manos, la realidad,
El amparo ansiado,
El tacto sincero,
Las palabras tiritas,
Ensalzadoras.
Mi anestesia.
¿Algo nuevo?
¿Real o clavo ardiendo?